viernes, 2 de noviembre de 2012

Profe: Yo no sirvo para estudiar.






Es posible. Pero también es posible lo contrario.

Lo que indicamos en la colaboración anterior sobre el menosprecio de los alumnos por parte de su maestro es algo que, más o menos mantenido, puede aburrir y alejar, casi definitivamente, a cualquier alumno del camino del aprendizaje y superación. Habrá casos en que prevalecerá el impulso hacia la formación personal y académica a pesar de los mazazos recibidos de algún funesto maestro.

Todo lo que hemos venido relatando hasta hoy conduce, en nuestra experiencia, a algo así como a pretender alcanzar cierta excelencia ética, personal y académica dentro de los límites de la capacidad de aprendizaje y circunstancias personales de cada alumno. ¿Pecamos de inmodestos? Pudiera ser…Tú puedes intentarlo a ver qué tal.

Y lo que promueve y mantiene ese impulso, fundamentalmente en estas edades de seis y siete años, eres tú, maestro novel de un curso de primero de primaria de un colegio público, con tu actuar personal y profesional. Y con el cumplimiento diario, por tu parte y la de tus alumnos, de normas y esfuerzos precisos compaginados con sinceridad, comunicación, afecto y solidaridad. Sin olvidar influencias familiares, etc.

Lo que no puede conducir a esa satisfactoria realidad es una clase donde el alboroto es norma casi diaria, los gritos de alumnos y maestro rivalizan por alcanzar mayor volumen, la dedicación personalizada (en lo posible) a las carencias de algunos alumnos es casi inexistente, los aburridos e innecesarios copiados y otras tareas tediosas agostan ilusiones infantiles, el aprendizaje no va acompañado de estímulo motivador adecuado, el no acabar los temas previstos para el curso no tiene mayor importancia, la distancia y falta de compromiso y afecto del maestro con respecto a sus alumnos es palpable, la asunción y valoración desmesurada y obsesiva de las calificaciones escolares cercenan la alegría de aprender con entusiasmo y libertad, la falta de la imprescindible colaboración con la familia de los alumnos descoloca a éstos, etc.

Así sí se explica lo de “Yo no sirvo para estudiar”. Hay padres que lo tienen asumido y te lo comentan con toda naturalidad. Si supieran… Una pena más.

Y así también se explica que Pisa nos siga pisoteando.

Lo anterior no excluye determinadas circunstancias de aprendizaje que sí justificarían en algunos alumnos una dificultad objetiva a considerar y tratar, en lo posible, de mejorar.

Las malas artes educativas descritas son minoritarias, o deberían serlo, en la
enseñanza pública.

Un maestro se reencontró muuuuuchos años después con antiguos alumnos, ya tan viejos como el propio maestro, que le refirieron con amargura que otro maestro que tuvieron después los discriminó y marginó por la humilde condición social y económica de sus padres. Y que no pudieron acceder a otro tipo de estudios y profesión para los que, pensaban, podrían haber estado capacitados. Verídico.

Puede que merezca la pena reflexionar sobre la permanencia de determinados homenajes y recuerdos de algunos maestros tras su paso, antaño, por determinadas localidades.

Sí deben permanecer las otorgadas con todas las garantías como testimonio y ejemplo de una sociedad agradecida a su maestro.

Tu trabajo, maestro, te gratificará día a día. Ni necesitas ni esperes más.

Hasta la próxima, si ha lugar. Saludos.

Sr. Profesor: ¡Es la hora!

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