martes, 11 de diciembre de 2012

Laura, la alumna pluscuamperfecta

Además de todo lo que, con más o menos acierto y oportunidad, hemos comentado de aquí para atrás, también es verdad que el maestro se puede ver presionado y agobiado en ocasiones por algunos compañeros y/o equipo directivo, por la administración y sus exigencias burocráticas, por el uso de las nuevas tecnologías, por la necesaria atención al multilingüismo y diversidad, por la excesiva irrupción en el ámbito escolar de algunas asociaciones de padres u otros órganos,…

Si el maestro es como debe ser, o está en proceso de serlo, sobran todo tipo de innecesarias presiones. Las tareas básicas de obligado cumplimiento y mucha libertad para la organización y docencia.

Habrá que facilitarle el desarrollo estimulante de su labor y, llegado el momento, ¿por qué no?, trasladarle de alguna manera muy discreta el reconocimiento a su trabajo. No se trata de adular al maestro ni de facilitar su engreimiento, ni de hacerle regalitos. Ya hemos dicho en varias ocasiones que el maestro está recompensado, aparte de por la administración todos los meses, por el propio trabajo diario y su repercusión en él mismo y sus alumnos. No se necesita más.

Ya dijimos que la debida y exigente formación y selección del profesorado es el paso inicial. Hay que empezar por ahí.

Sí, hay que cuidar al buen maestro y facilitar que tienda a la excelencia personal y docente. Esa es la clave.

Con maestros así lo de menos podría ser la ratio y una desmedida e incesante necesidad de recursos humanos y materiales, solo los precisos y eficaces. Y nos iríamos olvidando poco a poco del fracaso escolar… ¿o del fracaso docente?

Alia res:

Hubo una alumna de seis años que, desde que llegó el primer día, demostró un excesivo compromiso y perfeccionismo por la tarea escolar, y por agradar a su profe.

Digamos que se llamaba Laura.

Laura, aparentemente, podría ser la perita en dulce que todo maestro desea tener en su clase. Todo lo hacía bien, ¡qué digo!, perfecto. La caligrafía, inmejorable; la lectura, la mejor; la comprensión lectora, fascinante; el dictado, cero faltas; la redacción, sorprendente; las matemáticas, sin problemas; la presentación de la libreta, como un espejo; el comportamiento en la fila o en el cumplimiento de las normas, el ejemplo a seguir…Y así, todo.

Laura tenía, además de una inteligencia y voluntad sobresalientes, una tremenda y excesiva exigencia consigo misma que la conducía a demostrarse a sí misma, y quizás a los demás, que lo suyo era la perfección, o casi.

El maestro tardó algo de tiempo en comprender que esa manera de ser podía conllevar algún sufrimiento innecesario y duradero.

El maestro intentó, sin personalizar, trasladar a toda la clase de vez en cuando y mediante prudentes y discretas actuaciones y observaciones no exentas de toques humorísticos esta peculiar situación en parte no deseable. Advirtiéndolo, provocó en clase el que se realizaran algunos ejercicios, en la pizarra y en los cuadernos, cuyos resultados tenían que ser poco acordes con la buena presentación o ser incorrectos.


Pretendía que sus alumnos, incluida Laura, aceptaran que resultados negativos en el trabajo o en la vida no suponían ninguna tragedia, baja estima de sí mismos, desesperanza o pérdida del impulso

Como experimento conocido y aceptado por los alumnos el maestro indicaba, verbalmente o por escrito, la calificación negativa merecida por cada niño. Los alumnos que siempre acertaban las respuestas se tomaban estos experimentos con mucha simpatía aunque algunos, en esos momentos, no comprendiesen plenamente lo que su maestro quería conseguir. Los alumnos que no acertaban a veces las respuestas también veían con simpatía que a sus compañeros más adelantados se les calificara como a ellos en otras ocasiones.

También se “permitió” el incumplimiento del comportamiento en la fila y enclase. Dentro de unos límites.

Quede claro, y no haya confusiones: Era un día avisado, muy de vez en cuando, en el que había que equivocarse a propósito (aunque los alumnos supieran, que lo sabían, hacerlo bien) y hacer algún tipo de actividad que mereciera una calificación negativa. Y escuchar al maestro hacer una valoración de lo realizado y, sobre todo, ver escrita en el cuaderno una calificación negativa (cuando lo habitual eran calificaciones muy brillantes).

¿Algo así como una fingida cura de humildad para la mayoría de los alumnos que cosechaban excelentes valoraciones y calificaciones sin pretenderlo? Pudiera ser.

Estas valoraciones y calificaciones negativas del “experimento” no se reflejaban en las fichas de seguimiento de los alumnos. Las familias estaban advertidas.

A Laura la abordó su maestro en algún que otro momento en el patio de recreo y, discretamente, le comentó la conveniencia de no sentirse presionada por una excesiva exigencia para obtener resultados escolares sobresalientes.

También en la hora de tutoría, con los padres y Laura presentes, el maestro trató con delicadeza este tema. En todo momento se alabó la actitud de Laura y se la felicitó por ello. Se abordó, entre todos, la cuestión de ir suavizando poco a poco, si es que existía, una desmedida preocupación por cumplir a rajatabla las normas y ser la mejor de la clase. La familia ya había advertido, con alguna preocupación, dicha circunstancia.

¿Hubo éxito en la empresa? El maestro nunca lo tuvo claro. Laura, y otros muchos compañeros que tampoco le iban a la zaga, siguieron disfrutando con el aprendizaje y la escuela y, queremos creer por la alegría que demostraban, sin sentir el agobio de un imperativo interior que les exigía siempre la excelencia y que podría, a tan cortas edades, causarles un sufrimiento innecesario, estéril y duradero.

Laura siempre fue algo reservada y, no te quepa duda, siguió siendo “una cerebrito”.

A ver si, maestro novel de un curso de primero de primaria de un colegio público, tienes tiempo, voluntad y ánimo para tomar alguna iniciativa, solo o en compañía de otros, que vaya reemplazando y mejorando estas colaboraciones. Si es que las has leído.

Como suele pasar en casi todo se nos está secando la fuente de la inspiración. Y no es plan de repetirse demasiado. Tú, que dominarás las nuevas tecnologías, podrás sorprendernos a todos con iniciativas novedosas, incisivas, eficaces y que tengan una gran difusión en el ámbito educativo y social. Falta nos hace.

Hasta la próxima, si ha lugar.

Saludos.

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