martes, 11 de diciembre de 2012

Profe, ¿estás enfadado con mi madre?

Es seguro que casi todos los maestros hemos tenido algún que otro desencuentro con algunos de los padres de nuestros alumnos. Es casi inevitable.

Lo que sí es evitable, quizás, es que dichos tropiezos sean serios, lleguen a más, sigan sin aclararse y, en definitiva, ayuden a una mejor colaboración colegio-familia y formación del alumno.

Ya hemos comentado que hay niños cuyos padres, nos parece, no atinan con el método educativo adecuado. Y así, algunas criaturas, nos pueden llegar al colegio poco predispuestas a aceptar cierta disciplina, esfuerzo, orden, solidaridad, etc. Vamos, que les cuesta aceptar unas normas básicas de trabajo y convivencia.

No obstante lo anterior sí es cierto que, con las actuaciones que venimos comentando desde la primera colaboración (en nuestro caso) y que no vamos a repetir, en muchas ocasiones todos los alumnos, aunque suene pretencioso y poco creíble, se han adaptado desde el primer día, con ligeras diferencias, al funcionamiento normalizado de la clase. Mantener y consolidar dicha adaptación es coser y cantar.

También es cierto que hay maestros, los menos, cuyo comportamiento deja mucho, mucho que desear. Y a los padres, que lo perciben o saben con más o menos certeza, tampoco sería justo que se les exigiera aceptación y sumisión ante hechos o actitudes que dañen o puedan dañar a sus hijos en su desarrollo personal y formativo.

No estamos llamando a una fiscalización por parte de los padres de las actividades de los maestros ni a una actitud beligerante hacia ellos. Todo lo contrario. Sigues siendo tú, maestro novel de un curso de primero de primaria de un colegio público, quien tiene que irradiar desde el primer minuto del primer día lo que ya hemos comentado sobradamente.

El profesorado no debe sentirse indefenso en el desempeño de sus funciones y si se les reconoce el carácter de autoridad pública podrían, quizás, evitarse excesos de algunos progenitores. Ahora bien, el prestigio y el respeto del maestro nunca dependerán de una normativa legal. Es otra cosa. El secreto está en ti, maestro. En tu excelencia personal y profesional. En ti.

En la primera reunión colectiva con los padres así como en las tutorías (siempre con la presencia del alumno) te ganarás su respeto, apoyo y confianza. Mantener el tratamiento de “usted” con los padres nos parece conveniente. Sin rigideces; pero fomentando la cercanía, colaboración y compromiso con la educación de sus hijos.

Tus alumnos trasladarán a sus padres, desde el primer día, la admiración y suerte que han tenido por tenerte de maestro. ¿Recuerdas las variadas “cosas” que te sugerimos que podrías, ¿y deberías?, hacer desde el primer día de clase? ¿Te podrán amenazar o denunciar algunos padres por algún sucedido? Imposible no es. Pero sería raro, raro.

A veces puede haber malentendidos en lo que el alumno traslada a sus padres. O que los padres estén excesivamente dependientes de cualquier “cosilla” que al hijo le pueda suceder en clase, en el recreo, etc. O que los padres, con un instinto poco equilibrado, tengan la predisposición, caiga quien caiga, de alinearse siempre y en cualquier circunstancia con su criatura.

Recuerda: Si no consultas casi todo lo que hemos expuesto desde hace tiempo será casi imposible que comprendas lo que te sugerimos.

Una vez una madre se dirigió al maestro de su hija porque estaba en desacuerdo con la forma en la que el docente” dejaba sin recreo” a su hija de seis años; loconsideraba ¡humillante! (¿Qué calificativo habría empleado en otros supuestos como, por ejemplo, que el alumno “sin recreo” baje al patio durante el recreo cargando con su mochila? Hay quien lo sigue haciendo…). La forma era la descrita en otra colaboración.

O sea, lo más agradable de pasar un ratito “sin recreo”, estando en el patio casi igual que los demás compañeros. La verdad es que a aquella alumna y a aquella madre se les notaba una notable poco madura relación materno-filial. El maestro intentó compaginar la errada valoración de la progenitora, que no atendía a razones evidentes según el maestro, con el necesario cumplimiento de las normas escolares. Fue el único caso. En fin.

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